sábado, 24 de marzo de 2012

A 36 años del Golpe Militar en la Argentina

Comienza el final. 23 de Marzo de 1976. Rumores. Gente. La plaza. Gente. Comentarios. Adentro de la Casa Rosada, Isabel Perón recibía a un embajador. Era su último día como Presidente.
Se habla de “golpe” minuto a minuto. Todos dicen saber la fecha, la hora, los detalles, los nombres de sus protagonistas y hasta la composición del nuevo gabinete. Sin embargo pasan las horas y no hay noticias ciertas.
24 de Marzo. Comienza el día, termina un gobierno. Un helicóptero de la Fuerza Aérea Argentina despega del helipuerto de la casa de Gobierno. Dentro de él, la señora de Perón, su secretario Julio Gonzáles y el jefe de la custodia y oficiales armados.
El movimiento militar que pondría en marcha el Proceso de Reorganización Nacional había asumido el poder.
Miércoles 24 de Marzo de 1976, 11.30 horas, Comando General del Ejército. Juran Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Ramón Agosti, jefes de la Junta Militar.
A las 21 horas del martes 30 de Marzo, Jorge Rafael Videla, ya presidente de los argentinos, dice: “Debe quedar claro que los hechos acaecidos el 24 de marzo de 1976 no materializan solamente la caída de un gobierno. Significan, por el contrario, el cierre definitivo de un ciclo histórico y la apertura de uno nuevo...”.
La Plaza de Mayo estaba desierta. Los rumores, las versiones, los pronósticos se apagaban definitivamente.

“Ocultarse, evaporarse, desvanecerse, dejar de existir”, dice un diccionario, pretendiendo definir el término “desaparecer”. Nunca, a pesar de las trece dictaduras que la trayectoria Argentina llevaba a cuestas, este término había adquirido el profundo sentido que conquistó a partir de este momento. Ese extraño poder del lenguaje, el de encerrar las huellas del tiempo transcurrido, mutando significados, connotaciones. El “desaparecido”, aquellos “invisibles”, por decenas de miles, fueron la consecuencia de esta meta irrenunciable. Se desvanecían por lo bajo, todos los días, en ese secreto de voces, en ese mundo paralelo que sólo unos pocos se animaban a entrever.

Los sospechosos, los librepensadores, los izquierdistas, los sindicalistas, todos aquellos que, en una palabra, pueden aparecer como opositores son pura o simplemente secuestrados por grupos no identificables y desaparecen sin dejar rastros. Y así lo hicieron, ante los ojos de todos y de nadie, miles de veces, decenas de miles.
La elaboración simbólica oficial y la mediación de la prensa cabalgaron sobre la indiferencia, el egoísmo individual, el estado de shock, la conmoción de la culpa, el miedo, la impotencia... reacciones por omisión que, capitalizadas por el régimen, operaron, al menos durante cierto tiempo, sustentando socialmente lo invisible.

El proceso militar fue una puerta abierta para las reformas liberales que desde aquel entonces comienzan a darse en la Argentina. La violencia de Estado, la persecución y desaparición de los sectores obreros organizados, se conjugó y complementó con la pérdida progresiva del peso de la industria en la estructura productiva del país.
El disciplinamiento de la sociedad no fue sólo a través del terror, también lo fue a nivel económico con desocupación, fragmentación e individualización del mercado de trabajo. Modelo que se consagra en los ´90.

El 24 de Marzo de 1977, Rodolfo Walsh (narrador, periodista, traductor y militante de la organización Montoneros), presenta, a partir de una investigación clandestina, su Carta Abierta a la Junta Militar. En la cual dice:
“Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror. Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio”
Las palabras del periodista llegaban a través de la carta a los ojos de la Junta Militar y finalizaba remarcando:
“Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de la Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momento difíciles”.
El 25 de Marzo de 1977, un día después de haber sido presentada la Carta Abierta ante la Junta Militar, Rodolfo Walsh desapareció.

En 1978, los argentinos exiliados y esparcidos en diversas partes del mapa repartían pancartas con mensajes como “la represión no cesa, la resistencia avanza” o “Ningún fútbol, entre los campos de concentración”.
Mientras tanto miles de estudiantes se lanzaron a invadir las más céntricas calles de Buenos Aires. Por Corrientes, por la Nueve de Julio, en Suipacha, Florida, Maipú, por la Avenida de Mayo, un coro fragmentado en centenares de grupos, lanzaba al viento el desafío Argentino: “¡Dale campeón, Dale campeón!”.
Argentina había eliminado el último obstáculo que la separaba de la final de la Copa del Mundo de fútbol al golear en Rosario, por un abrumador 6-0, a la selección de Perú.

Mientras el crepúsculo empezaba a ensombrecer Buenos Aires, de las casas de discos sonaba la música estridente del best-seller de esos días que decía: “¡Veinticinco millones de argentinos jugaremos el mundial...!”. Mentira.
No han podido jugarlo los 15.000 presos políticos, sindicales o estudiantiles. Tampoco han podido jugar el Mundial los 30.000 desaparecidos.
Ninguno de ellos, ni sus familiares abatidos por la desgracia, pudieron jugar el “Mundial” con el que Argentina quiso asombrar al mundo.



1 comentario:

Camila. dijo...

Buenisimo el programa, y muy bien redactada la nota.