viernes, 16 de septiembre de 2011

A 35 años de la Noche de los Lápices




Este 16 de septiembre no es uno más para los hombres y mujeres que durante la dictadura, cuando eran apenas estudiantes secundarios, sobrevivieron a la masacre que se conoce como La Noche de los Lápices. No sólo porque reverbera, como en cada homenaje, la memoria de los caídos; sino porque será el último que sus victimarios atraviesen impunes. Sus secuestros y tormentosos cautiverios, a fines de septiembre y principios de octubre de 1976 en el Destacamento policial de Arana, serán uno de los hitos del juicio que comenzó el lunes en La Plata contra los asesinos al mando de Camps.
En los ’80, la historiografía de una democracia reciente circunscribió el episodio a diez chicos, pero fueron más (Walter Docters, Nora Úngaro o Víctor Treviño, entre otros), y asoció sus calvarios al escarmiento por participar de una marcha por el boleto secundario. Con el tiempo, los sobrevivientes se fueron reconciliando con el motivo, al fin de cuentas, que habían dado sus secuestradores: soñaban con dar vuelta el mundo como una media, y para eso militaban en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y otras organizaciones “subversivas”.
Según la pesquisa judicial, el 15 de septiembre levantaron a Claudio de Acha y Francisco López Muntaner, que militaban en la UES y eran compañeros de curso en el Colegio Nacional. La madrugada siguiente cayeron escalonadamente el grueso de las víctimas: en la casa de su abuela fue secuestrada María Claudia Falcone con María Clara Cio-cchini –que vivía con ella–, mientras que a Daniel Racero y Horacio Úngaro los secuestraron de la casa de este último. Al día siguiente les tocó a dos que vivirían para contarlo: Patricia Miranda –la única que no tenía militancia política– y Emilce Moler, estudiante de Bellas Artes e hija menor de un comisario inspector retirado que sorprendió hasta a los propios verdugos cuando se paró en piyama en el vano de la puerta: “Es muy chiquita; esta no puede ser.”
Una semana antes habían secuestrado a Gustavo Calotti en la propia Jefatura de Policía donde trabajaba como “correo”, porque después del bachillerato –en el que había sido uno de los impulsores de la Coordinadora de Estudiantes Secundarios– se había enrolado como cadete policial. El operativo lo encabezó, como en casi todos los casos, el comisario Héctor Luis Vides, quien lo torturó en Arana y murió –ironías de la historia– un 17 de septiembre de 1998.
El Día del Estudiante los sacaron a todos al patio del Destacamento, les aflojaron las vendas y les dieron ñoquis. La madrugada anterior, “El Lobo” –como se hacía llamar Vides– había entrado a cara descubierta, secundado por una decena de matones en ropas de fajina, para llevarse a Pablo Díaz. Después de interrogarlo por el supuesto armamento, robar alhajas y la ropa de sus seis hermanos, se lo llevaron.
En cada declaración judicial, Díaz aseguró que no había estado en el Destacamento, sino en un casco de estancia en Arana que se conoce como “La Casona” o “La Armonía”, donde funciona actualmente el Regimiento 7º de Infantería del Ejército. Sin embargo, las circunstancias que relata y los cautivos que recuerda se compadecen con los del Destacamento, por eso la Cámara de Apelaciones elevó su caso a juicio estimando que había pasado por ambos, y había distorsionado el tiempo y el espacio.
Doce de los 26 represores que hoy afrontan el juicio, operaban donde fueron torturados los colegiales, pero sólo cuatro –Miguel Etchecolatz, Roberto Grillo, Julio César Argüello y Miguel Kearney– responderán por sus casos. “Roberto Grillo fue uno de los que entró a mi casa y posiblemente generó el robo de las pertenencias de mi familia”, declaró Pablo Díaz en 1998. Grillo también fue reconocido en el operativo por la madre de Horacio Úngaro.
La justicia estima que la operación de La Noche de los Lápices fue vertebrada por el Batallón de Inteligencia 601 y la Policía Bonaerense. El enlace entre ambos organismos –según las investigaciones de Pablo Díaz, recogidas por el juez– fue un comisario de nombre Alfredo Fernández. Durante el juicio a las Juntas, Díaz dijo haber visto un memorándum dirigido a Etchecolatz en el que Fernández radiografiaba al estudiantado de La Plata, Berisso y Ensenada, y advertía sobre su “peligrosidad”. De Arana los trasladaron a los Pozos de Quilmes y Banfield. Moler, Calotti, Miranda y Díaz vivieron. El resto –según contó ante la Conadep Carlos Alberto Hours, un agente de inteligencia ya fallecido–, marcharon a la muerte por orden expresa de Etchecolatz.<

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