viernes, 3 de septiembre de 2010

En Internet la escritura goza de buena salud

Además de horrorizar a varios, mis opiniones sobre la relevancia de la ortografía y la nefasta influencia de las nuevas tecnologías sobre la escritura humana han logrado que se me calificara de inconsistente, incongruente e incoherente porque, argumentan, "escribo en un diario que cuida mucho el idioma".

Eso es cierto, pero no hay divorcio alguno entre mis opiniones sobre el lenguaje humano y el riguroso manual de estilo de LA NACION. De hecho, contribuí en su momento a la redacción del docto volumen y soy el primero en respetarlo. Todo esto al mismo tiempo que sostengo que la ortografía me parece un asunto menor, que no creo que la tecnología esté dañando el lenguaje (o la escritura, no son ni remotamente lo mismo) y, lo que es todavía más irritante, aseguro públicamente que ningún idioma humano necesita guardianes. Saben cuidarse solos.

Está en nosotros

El lenguaje humano es un rasgo sorprendente y de un poder extraordinario inscripto en nuestros genes. Nadie nos enseña a hablar. Desde que nacemos y en el transcurso de escasos dos años, siendo criaturas aparentemente desvalidas, sin la ayuda de un profesor ni laboratorios multimediales, incorporamos un idioma completo. Luego, ese mecanismo de aprendizaje se bloquea y a los adultos nos lleva una década lograr lo mismo con otro idioma. Nunca podremos, sin embargo, despojarnos de lo que se llama lengua materna.

Nuestra capacidad de combinar un puñado de sonidos discretos para crear palabras y luego ordenar estas palabras para construir oraciones es única entre los seres vivos. Un gato doméstico es capaz de emitir entre 16 y 22 vocalizaciones diferentes. Lo que no puede hacer es combinar el sonido que emite para comunicar enojo con el que produce cuando pide su plato de comida para significar Dame de comer o vas a tener un problema.

El lenguaje es una función mental y orgánica, y es asimismo un instinto; está en nuestra naturaleza. No podemos gobernarlo. Es exactamente al revés. Academias llenas hasta el cielo raso de defensores del latín pasaron sin pena ni gloria mientras este idioma evolucionaba para dar origen al francés, el rumano, el español, al tiempo que contribuía al actual inglés y el alemán. Los idiomas y dialectos, encarnadura de ese abstracto acerbo común llamado lenguaje natural, han aparecido y desaparecido sin que nadie haya sido capaz de modificar ni una vocal en su biografía. A su modo, el lenguaje nos ignora olímpicamente. Más aún a los académicos.

¿Me da un autógrafo?

La escritura no es el lenguaje, sino una técnica para aprovechar, o como diríamos en informática, extender las funciones del lenguaje. La escritura es un plugin de los idiomas humanos. No está en los genes. Hubo que inventarla. Sirve para que lo dicho no se pierda en el aire. Constituye un historial perdurable del habla, la foto de las palabras. Por eso necesita de reglas más o menos estrictas, y por eso defiendo los manuales de estilo; el texto torpemente tejido me parece lamentable, no porque falte a las reglas, sino porque no cumple con su función.

El texto impreso es esa clase de partitura que todos somos capaces de interpretar, por eso debe estar sólidamente fabricado. Pero su falta menos deleznable es la de ortografía. Más graves son las estructuras forzadas, las subordinaciones innecesarias o excesivas, la coma mal puesta. Todavía mucho peor es el texto soso, sin ritmo, sin tono, sin alma. Hay páginas sin ni una falta de ortografía que, no obstante, constituyen verdaderas afrentas al lector.

Es en nuestra mente donde la partitura del texto revela su música. Será exquisita o fofa, pero cada lector es una sinfónica completa. Nuestra, del que se atreve a escribir, es la responsabilidad de plasmar no sólo el mejor texto posible (la música), sino también de inscribir cada corchea, cada silencio, cada acorde con impecable corrección.

Ultracorrección

Estas dos ideas iniciales (que el lenguaje humano es ingobernable y que la escritura es sólo una tecnología requiere reglas estrictas) van de la mano con otra de mis opiniones sobre el asunto: que la tecnología, el chat, Internet y el SMS no hacen ningún daño al lenguaje y la escritura. Por el contrario, ¡la milenaria combinación sigue siendo tan eficaz como siempre!

Si un chico comete faltas de ortografía atroces es porque no aprendió las reglas cuando debía aprenderlas, sea por negligencia o por una educación rudimentaria. Al acusar a las nuevas tecnologías de las faltas de ortografía no hacemos sino deshacernos de una responsabilidad que nos concierne como adultos. Somos nosotros los que creamos las condiciones para que los chicos no aprendan ni siquiera la ortografía. Podemos echarle la culpa hasta mañana a Internet y los SMS. Es lo mismo. La responsabilidad de formar a los chicos es nuestra, no de los chips.

Ahora, ¿son lo mismo las faltas de ortografía que las exóticas abreviaturas del chat, los SMS y Twitter, y su no menos extravagante sintaxis? De ninguna manera. La falta de ortografía es ignorancia. En cambio, el texto expeditivo, abreviado y condensado del chat, los SMS y Twitter es la escritura aplicada exactamente como se debe.
Porque, ¿qué es la escritura sino una herramienta? En la página impresa tradicional, diferida, donde el autor no está disponible para aclarar párrafos opacos, el texto debe ser tan claro como sea posible. Pero en el chat no leemos a alguien, hablamos con alguien.

Escribir en el chat como lo haríamos en un libro es, de hecho, una equivocación. Enviar un extenso y docto SMS no es sino violar las nuevas reglas de escritura que, como de costumbre, preceden a su promulgación. Pasar por alto los emoticones es mucho más grave que cometer un pequeño desliz de tipeo. Diré más, y esto lo sabe cualquier veterano del chat: lo que tipeamos mal en una conversación no debe reescribirse correctamente; si el otro no entendió, nos preguntará. Vaya paradoja: corregir es aquí una falta.

Con textos

Pero hay algo más, más perturbador. Cuando estudiaba Lingüística en la UBA (ésa fue mi formación universitaria) tuve la enorme fortuna de cursar una materia con la gran Beatriz Lavandera. Su curso era sobre el lenguaje en acción, en contexto, en la realidad, vivo. Hicimos docenas de experimentos de lo más reveladores y, en ocasiones, con resultados hilarantes.

Uno de los descubrimientos para mí más asombrosos fue que somos agramaticales al hablar. La escritura necesita respetar a rajatabla la sintaxis y, de hecho, le rinde honores para producir bellos textos. Pero nuestras grabaciones en el mundo real demostraban que el habla desobedece esas reglas de forma sistemática. ¡Lógico, no las necesita! O, más bien, emplea otras cuando hay contexto, cuando el tiempo apremia, cuando la oración forma parte de una textura inmensa que incluye lo dicho ahora, lo dicho ayer y lo no dicho.

Entiendo que algunos se rasguen las vestiduras cuando ven cómo escribimos en el chat, los SMS o Twitter. Su perturbación es tan severa que les impide observar que ésta es una forma de escritura que existe a medio camino entre el impreso y la conversación. Es una nueva forma de transcripción del lenguaje, una versión actualizada del plugin, es Escritura 2.0 . No hay error alguno. Pretender otra cosa es tan improcedente como usar el mismo discurso para agradecer el premio Nobel que para desearle feliz cumpleaños a nuestro hijo más pequeño.

En rigor, el lenguaje humano es tan complejo que cuando no cumplimos con estas normas no escritas, lo hacemos para significar algo o para ser corteses. Por ejemplo, ¿alguien interpreta la pregunta ¿Podrías pasarme la sal? como una consulta sobre la habilidad psicomotriz de transportar un salero? Por supuesto que no.
Si usamos retórica ciceroniana para dirigirnos a nuestro jefe (verbalmente o por escrito) lo más probable es que interprete que le estamos tomando el pelo. Lo más probable es, además, que tenga razón.

Entiendo, insisto, el horror que causan algunas de las nuevas e ilegales formas de escritura. Pero, una cosa es ignorancia, mala formación, falta de lectura -todas responsabilidades de los adultos y del Estado- y otra muy diferente el que la escritura se haya adaptado, cual es su función, a una nueva realidad. Las academias tradicionales ya no son funcionales a estas nuevas formas de escritura, y por eso se pasman.

Pero ése es un problema de las academias.

Por Ariel Torres

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