lunes, 13 de abril de 2009

Contra el muro


Por Juan Ignacio Boido

Para la arqueología, una pared es una de las pruebas más antiguas de civilización. Una prueba de sedentarismo, de conciencia de grupo, de búsqueda de protección. Una prueba, una evidencia de que hay un adentro y hay un afuera. De que adentro hay algo valioso y de que afuera hay algo que lo amenaza. Una pared es una de las formas más antiguas de civilización. Pero también, vista desde ahora, desde el momento de desenterrarlas y no de alzarlas, una de las más primitivas. Es primitiva por ser estática. La muralla china detuvo las hordas mongolas. Pero fue esa misma inmovilidad la que, siglos después, cuando una nave china volvió a Pekín con noticias de un mundo nuevo, llevó al emperador a afirmar: “China no va a ningún lugar del mundo. El mundo viene a China”. Así, el emperador suspendió toda excursión mayor y el imperio inmóvil evitó descubrir América décadas antes que Europa. La civilización occidental, en sus mejores momentos, es fluida, versátil, ingeniosa: busca soluciones nuevas a problemas que amenazan estancarla. La muralla china detuvo a los mongoles, pero las murallas de Troya no detuvieron a los griegos. Como los firewalls de los bancos y las agencias de seguridad tienen sus virus. A muchos de los cuales, casualmente, llaman troyanos. Como fueron troyanos esos autos que se exhiben en CheckPoint Charlie, con compartimientos secretos para esconder personas de un lado al otro del Muro de Berlín, como son troyanos los estómagos de los latinos que esconden dosis de drogas para ser consumidas del otro lado de las fronteras. Todo muro tiene su grieta, su entrada.

Sin embargo, el ingenio actual –tan diferente al griego– sucumbe a uno de los males actuales: la literalidad. La literalidad es estática. La literalidad hace arrastrar los significados de las cosas por el suelo, impide que los significados de las palabras despeguen para formar ideas, impide, así, la imaginación. La literalidad es estática como un muro contra el que choca toda interpretación. La literalidad dice “las cosas como son”, dice “un ojo es un ojo”, dice “ojo por ojo”, dice “el que mata debe morir”.

Desde hace un tiempo, la civilización occidental se está volviendo literal. Y a su vez, sus muros son la prueba que habla por ella. El muro que levantó Israel en la frontera con un territorio palestino (justo Israel, una de cuyas reliquias más preciadas es un Muro de los Lamentos) fue una señal no sólo de la deflación imaginativa que comenzaba a cundir en Occidente ante los problemas que parecían estancarla, sino también algo mucho peor: un gesto de claudicación, la confortable resignación de no creer en otra solución. A poco de asumir como secretaria de Estado de Obama, Hillary Clinton habló del problema incontrolable del otro lado de la frontera mexicana. La posible solución: reforzar el muro alzado bajo la presidencia de Bush. La semana pasada, fue tapa de los diarios argentinos una iniciativa de la intendencia de Río de Janeiro: rodear once favelas con tapias de hormigón de tres metros de alto. El propósito oficial es proteger el bosque del Morro Dona Marta y “contener la dispersión de las comunidades” (“¡contener la dispersión de las comunidades!”).

Amurallar las favelas no es alzar los muros de una prisión. Es mucho peor: es alzar muros de exclusión, es la claudicación de la imaginación, es entregarse a la tierra yerma en la que se alza el muro de la literalidad. Ese muro que Cacho Castaña –Facho Castaña para el ingenio popular que resiste, que se cuela, que todavía trafica significados del otro lado de la literalidad– explicó bien cómo alzar: “Poniendo un ladrillito arriba de otro ladrillito, y después usarlo para fusilar”.

El muro marca el límite de una ciudad: lo que hay del otro lado ya no lo es. Adentro hay algo valioso, afuera algo que lo codicia, que lo amenaza. No casualmente el nuevo programa de entretenimientos de la Argentina es uno en el que vemos a alguien intentando atravesar un muro. Un muro lanzado contra él a toda velocidad. El muro infernal parece haber entendido cómo será, cómo es: pasarán sólo los que se amolden. El resto, al agua, al foso. ¿Cuánto falta para que pongan cocodrilos?

Ayer, en San Isidro, tiraron la primera piedra, pusieron el primer ladrillo. Si el proyecto avanza, algo se habrá partido. De un lado, la civilización habrá claudicado. Del otro, la imaginación seguirá desplegando sus prodigios, buscando una manera de salir, de entrar, de ser incluidos.



Nota publicada en el diario Página 12, Jueves 9 de Abril de 2009 

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