jueves, 30 de abril de 2009

Hora de mirar

T'ÉCNICAS / MAQUETA / FOTOGRAFíA
Quizás podamos aprovechar el feriado y enriquecer nuestros circuitos habituales conociendo algún nuevo espacio, alguna nueva mirada, algún nuevo lenguaje.


CENTROS CULTURALES / MUSEOS / GALERÍAS

Alianza Francesa
Córdoba 946
4322-0068

Ant (Espacio de arte)
Thames 1752
4831-8057

Arte x Arte
Vuelta de Obligado 2070
4788-3721


Braga Menendez Arte Contemporaneo
Humboldt 1564
4775-5577

British Arts Centre
Av. Córdoba 1558
4812-4723

Casa joven
Av. F. Alcorta y Av sarmiento
4800-1135

C.C. España
Florida 943
4312-3214

C.C. Gral San Martín
Sarmiento 1551
4374-1251

C.C Borges
Viamonte esq. San Martín
4319-5449

C. C. Recoleta
Junín 1930

4803-1040

C. C. Ricardo Rojas
Av. Corrientes 2038
4953-0390

Cecilia Caballero
Suipacha 1151
4393-0600

Colección A. de Zurbarán
Av. Alvear 1658
4815-6282

Dabbah Torrejón

Sánchez de Bustamante 1187
4963-2581

Diana Lowenstein Fine Arts
Av. Alvear 1595
4813-2360

Duplus
Sánchez de Bustamante 750, Dpto. 2
4866-3544

Elsi del Río
Arévalo 1748
4899-0171

Espacio de Arte Filo
San Martín 975 4311-3303

Espacio Giesso
Cochabamba 370
4361-7276

Fundación Klemm
M. T. de Alvear 626
4312-2058

Fundación Proa
Pedro de Mendoza 1929
4303-0909

Fundación Proyecto en Red
Santa Fe 1769 3º piso
15-5115-3357

Gara
Pasaje Soria 5020
4831-5514

Galería Van Riel

Talcahuano 1257 PB
4811-8359

Galería Herman's
F. A. de Figueroa 1465 PB
4865-1568

Instituto Goethe
Av. Corrientes 319
4311-8964

Jardín Japonés
Av. Caseros y Av. F. Alcorta
4804-9141

Museo de Arte Decorativo
Av. del Libertador 1900
4801-8248

Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires
Av. Figueroa Alcorta 3415
4808-6500

Museo de Arte Moderno
San Juan 350
4361-1121

Museo de Arte Oriental
Av. del Libertador 1902
4801-5988

Museo Nacional de Bellas Artes
Av. del Libertador 1473
4801-3390

Museo Hispanaomericano
Suipacha 1422
4327-0272

Museo Nacional del Grabado
Defensa 372
4345-5300

Museo Eduardo Sívori
Av. Inf. Isabel 555
4774-9452

Museo Quinquela Martín
Av. Pedro de Mendoza 1835
4301-1080

Museo Xul Solar
Lapirda 1212
4824-3302

New York University
Arenales 1685
4815-8999

Palais de Glace
Posadas 1725
4804-1163

Planetario de la Ciudad de Buenos Aires
Av. Sarmiento y Belisario Roldán
4771-6629

Quitapesares
Jorge Newbery 3713
4551-7815

Ruth Benzacar
Florida 1000
4313-8480


jueves, 23 de abril de 2009

Una vida absolutamente maravillosa

Por Enrique Vila-Matas

Marcel Duchamp dejó un legado, sin enterarse. Nunca consideró el arte como solución de nada, y para colmo dejó de pintar y se dedicó a buscar la suerte de poder pasar a través de las gotas. La encontró, y fue envidiablemente feliz.

Me fascinó la cubierta que reproducía Obligation pour la roulette de Monte Carlo, unready-made de Duchamp que consistía en un rostro enjabonado en medio de un bono de casino para la ruleta monegasca. Entré en la librería que exponía en su escaparateConversaciones con Marcel Duchamp, de Pierre Cabanne. Y la contraportada de Anagrama aún me resultó más atractiva que la cubierta, porque empezaba diciendo: "Marcel Duchamp ha sido, según André Breton, "uno de los hombres más inteligentes (y para muchos el más molesto) de este siglo. También uno de los más enigmáticos".

Corría el año de 1972 y tenía una cierta idea de lo que podía ser un hombre inteligente, pero ninguna sobre cómo se podía llegar a ser el hombre más molesto de todo un siglo, y eso me interesaba bárbaramente. Vi muy pronto que había comprado mi biblia personal, pero tardé más en enterarme de que ya no me separaría nunca de aquel libro. Siempre lo he tenido en la estantería que está a la izquierda del escritorio del que no me he movido en los últimos cuarenta años. El libro se convirtió en mi biblia, pero no porque me fascinara ese hombre que todo el tiempo estaba a punto de dejar de ser un artista, sino por algo más sencillo e interesante: a sus setenta y nueve años, decía que había tenido "una vida absolutamente maravillosa" y parecía proponer un estilo ágil de conducta y de relaciones con el arte y con el mundo para quien quisiera sacar provecho de su involuntaria lección. ¿Los no inteligentes le consideraban molesto? Sería porque creían que se oponía a lo que estaban haciendo, pero en realidad no hacía tal cosa, simplemente ellos no se daban cuenta de que se podía hacer algo distinto a lo que se hacía en aquel momento.

-¿Leía lo que se escribía sobre usted?

-Claro. Pero lo he olvidado.

Conversaciones con Marcel Duchamp estaba cargado de respuestas que parecían funcionar a modo de pistas para moverse por la vida de una forma que uno pudiera llegar a una edad ya muy respetable pudiendo proclamar que todo había resultado absolutamente maravilloso. Recuerdo todavía las primeras frases de Duchamp, porque me dejaron plenamente conectado al libro: "Espero que haya un día en que se pueda vivir sin tener la obligación de trabajar. Gracias a mi suerte he podido pasar a través de las gotas. En un cierto momento comprendí que no debía cargarse a la vida con demasiado peso, con demasiadas cosas por hacer, con aquello a lo que se llama una mujer, niños, una casa en el campo, un coche, etcétera. Y lo comprendí felizmente muy pronto".

Después de volver ayer al libro, me dije que con razón Duchamp se atrevió a hablar de una vida maravillosa. Artista no, decía de sí mismo: anartista. Y la inminencia de tener que abandonarlo todo no le parecía nunca horrible, pues no sentía que pudiera haber en esa renuncia algo que lamentar. "El anartista", dice Alan Pauls, "es como el célibe; como el artista del hambre de Kafka: la privación no es un accidente, no interrumpe ni corta nada: es el corazón mismo del programa". Los espectadores de la vida y del programa de Duchamp no podemos más que quedarnos pasmados mientras nos preguntamos cómo fue posible que un anartista que apenas tenía obra y se autoexcluía de los grandes movimientos artísticos de su juventud acabara convirtiéndose en el artista más influyente de los últimos cien años. Un misterio. Una felicidad. Existe sin duda la posibilidad de que todo fuera el producto de un sinfín de equívocos provocados por el escándalo americano de 1913 de Desnudo bajando una escalera, y que gracias a este equívoco y a este cuadro se haya proyectado sobre su vida y sobre su obra una veneración que el propio Duchamp sólo entendía si recurría a la ironía: "He tenido más suerte al final de mi vida que al principio".

En realidad, frente a los groseros esfuerzos de Dalí por ser visto, frente al trabajo metódico y obsesivo de Picasso, frente a los antojos teóricos de Metzinger, Duchamp siempre fue un artista que no se caracterizó precisamente por su voluntad de llamar la atención, ni por su entrega desmedida al trabajo, ni por sus fatigas teóricas. Por el contrario, nunca consideró el arte como solución de nada, y para colmo dejó de pintar y se dedicó a buscar la suerte de poder pasar a través de las gotas. Y esa suerte la encontró. Pasó a través de las gotas como el consumado nadador que era, y encima fue envidiablemente feliz.

Un día, en París, Naum Gabo le preguntó por qué había dejado de pintar. "Mais que voulez-vous?", respondió Duchamp abriendo los brazos, "je n'ai plus d'idées" (¿qué quiere?, ya no tengo ideas). Qué tranquilidad puede llegar a dar una respuesta así y qué sereno debe de quedarse quien la da. Si no hay ideas, tampoco es cuestión de repetirse. Y sin embargo nuestro anartista dejó un legado, sin enterarse. O enterándose poco, porque le absorbía el ajedrez. El enigma, si se quiere, sigue ahí. ¿Qué hace que Duchamp, que no hizo casi nada, siga presente y las estrellas de Picasso y Dalí y otros maestros se estén apagando? La clave podría estar en su ironía y su escepticismo y en haber tomado distancias con lo que los románticos entendían como la religión del arte. "Me temo que en arte soy agnóstico", le dice a Cabanne en un momento de este libro de conversaciones que después de releerlo creo que influyó en mi obra y no tanto en mi vida, aunque me ha permitido tener la conciencia, si cabe más clara, de que he podido conocer el choque de al menos dos tensiones siempre: la necesidad de estar y no estar al mismo tiempo. Ser el activo y pesado Picasso y producir todo el rato, pero también ser el indolente y gran amante del juego que fue Duchamp, y prodigarme lo menos posible y en realidad no hacer nada y practicar el arte de saber respirar y de caminar por la Quinta Avenida. Hablar mucho, como mi padre, y a la vez conocer las sabias pautas del silencio, como mi madre. Dos posibilidades de las que ya habló Kafka: hacerse infinitamente pequeño o serlo. Y en realidad suscribir aquello que decía el propio Duchamp: "Siempre me he forzado a la contradicción, para evitar conformarme con mi propio gusto". Que viene a ser parecido a lo de Walt Whitman: "¿Me contradigo? Muy bien, me contradigo". En esa frase el poeta norteamericano habría encontrado una manera como otra de tomar posiciones ante la vida y una forma de tener, como mínimo, dos versiones de un mismo tema: él mismo. Por eso a veces juego con el gato de Schrödinger, que encarna la paradoja cuántica de estar vivo y muerto a la vez. En otras palabras, juego a no ser Duchamp y serlo. Después de todo, Shakespeare me importa un rábano, no soy su nieto. Y que tengan ahora ustedes muy buenas noches y una vida absolutamente maravillosa. Yo no la he tenido. Pero la tengo.

Publicado en el suplemento literario “Babelia”, del Diario El País de España, el sábado 18 de abril de 2009

Conversaciones con Marcel Duchamp. Pierre Cabanne. Traducción de Jordi Marfà. Anagrama.www.enriquevilamatas.com

martes, 21 de abril de 2009

ArtFutura en Buenos Aires



ArtFutura en Buenos Aires

Festival de Cultura y Creatividad Digital de España
El festival se extenderá entre el 23 y el 26 de abril en el Malba, Avda. Figueroa Alcorta 3415.
La entrada será libre y gratuita. Capacidad limitada.

jueves, 16 de abril de 2009

Conferencia David Carson

En relación a la educación

"La tarea del profesor es preparar motivaciones para actividades culturales, en un ambiente previamente organizado, y después abstenerse de interferir".

María Montessori. Italia 1870-Holanda 1952. 
Graduada en Pedagogía, Antropología y Psicología.

lunes, 13 de abril de 2009

Contra el muro


Por Juan Ignacio Boido

Para la arqueología, una pared es una de las pruebas más antiguas de civilización. Una prueba de sedentarismo, de conciencia de grupo, de búsqueda de protección. Una prueba, una evidencia de que hay un adentro y hay un afuera. De que adentro hay algo valioso y de que afuera hay algo que lo amenaza. Una pared es una de las formas más antiguas de civilización. Pero también, vista desde ahora, desde el momento de desenterrarlas y no de alzarlas, una de las más primitivas. Es primitiva por ser estática. La muralla china detuvo las hordas mongolas. Pero fue esa misma inmovilidad la que, siglos después, cuando una nave china volvió a Pekín con noticias de un mundo nuevo, llevó al emperador a afirmar: “China no va a ningún lugar del mundo. El mundo viene a China”. Así, el emperador suspendió toda excursión mayor y el imperio inmóvil evitó descubrir América décadas antes que Europa. La civilización occidental, en sus mejores momentos, es fluida, versátil, ingeniosa: busca soluciones nuevas a problemas que amenazan estancarla. La muralla china detuvo a los mongoles, pero las murallas de Troya no detuvieron a los griegos. Como los firewalls de los bancos y las agencias de seguridad tienen sus virus. A muchos de los cuales, casualmente, llaman troyanos. Como fueron troyanos esos autos que se exhiben en CheckPoint Charlie, con compartimientos secretos para esconder personas de un lado al otro del Muro de Berlín, como son troyanos los estómagos de los latinos que esconden dosis de drogas para ser consumidas del otro lado de las fronteras. Todo muro tiene su grieta, su entrada.

Sin embargo, el ingenio actual –tan diferente al griego– sucumbe a uno de los males actuales: la literalidad. La literalidad es estática. La literalidad hace arrastrar los significados de las cosas por el suelo, impide que los significados de las palabras despeguen para formar ideas, impide, así, la imaginación. La literalidad es estática como un muro contra el que choca toda interpretación. La literalidad dice “las cosas como son”, dice “un ojo es un ojo”, dice “ojo por ojo”, dice “el que mata debe morir”.

Desde hace un tiempo, la civilización occidental se está volviendo literal. Y a su vez, sus muros son la prueba que habla por ella. El muro que levantó Israel en la frontera con un territorio palestino (justo Israel, una de cuyas reliquias más preciadas es un Muro de los Lamentos) fue una señal no sólo de la deflación imaginativa que comenzaba a cundir en Occidente ante los problemas que parecían estancarla, sino también algo mucho peor: un gesto de claudicación, la confortable resignación de no creer en otra solución. A poco de asumir como secretaria de Estado de Obama, Hillary Clinton habló del problema incontrolable del otro lado de la frontera mexicana. La posible solución: reforzar el muro alzado bajo la presidencia de Bush. La semana pasada, fue tapa de los diarios argentinos una iniciativa de la intendencia de Río de Janeiro: rodear once favelas con tapias de hormigón de tres metros de alto. El propósito oficial es proteger el bosque del Morro Dona Marta y “contener la dispersión de las comunidades” (“¡contener la dispersión de las comunidades!”).

Amurallar las favelas no es alzar los muros de una prisión. Es mucho peor: es alzar muros de exclusión, es la claudicación de la imaginación, es entregarse a la tierra yerma en la que se alza el muro de la literalidad. Ese muro que Cacho Castaña –Facho Castaña para el ingenio popular que resiste, que se cuela, que todavía trafica significados del otro lado de la literalidad– explicó bien cómo alzar: “Poniendo un ladrillito arriba de otro ladrillito, y después usarlo para fusilar”.

El muro marca el límite de una ciudad: lo que hay del otro lado ya no lo es. Adentro hay algo valioso, afuera algo que lo codicia, que lo amenaza. No casualmente el nuevo programa de entretenimientos de la Argentina es uno en el que vemos a alguien intentando atravesar un muro. Un muro lanzado contra él a toda velocidad. El muro infernal parece haber entendido cómo será, cómo es: pasarán sólo los que se amolden. El resto, al agua, al foso. ¿Cuánto falta para que pongan cocodrilos?

Ayer, en San Isidro, tiraron la primera piedra, pusieron el primer ladrillo. Si el proyecto avanza, algo se habrá partido. De un lado, la civilización habrá claudicado. Del otro, la imaginación seguirá desplegando sus prodigios, buscando una manera de salir, de entrar, de ser incluidos.



Nota publicada en el diario Página 12, Jueves 9 de Abril de 2009